domingo, 11 de septiembre de 2022

¿Estamos preparados para ser más pobres?

Isolina Cueli                                                                                                                               No se trata de aguar las fiestas a nadie, pero sí de llamar la atención sobre el momento que vivimos y preguntarnos si estamos preparados para hacerle frente.                                    
Según todos los indicadores económicos, nos esperan tiempos difíciles, y, según los expertos, seremos más pobres. Para comprar lo mismo, necesitaremos más dinero y, si no lo tenemos, ahí es dónde entra la economía de guerra. Y de economía de guerra sabemos bastante quiénes pasamos de sesenta años, aunque la mayoría no hayamos sufrido una guerra.      Economía de guerra es la economía del sentido común y de la austeridad. Es la economía del reciclaje, cuando a una prenda de ropa se le dan, al menos, tres usos: para vestir arreglado, para diario y como trapo de limpieza. En la economía de guerra nunca se tira comida. En esa misma economía, los libros de texto tienen vida y entidad propia. Lo que se dice durante un curso, sirve para el año siguiente y el otro, de esta forma pueden utilizar el mismo ejemplar varios hermanos, primos, o vecinos.                                                                                              Esta economía se practica en la mayor parte del mundo, aunque nosotros nos estemos alejando de ella porque, presuntamente, nuestro PIB (Producto Interior Bruto) nos sugiere que somos ricos.                                                                                                                                          No soy economista, ni bióloga o médico, sino una agricultora de Priesca, venida a periodista, que intenta estar bien informada, aunque no lo consiga. Es muy complicado separar el grano de la paja y te cuelan noticias falsas por donde menos lo esperas. De todas formas, creo que tengo claro de dónde venimos, porque lo viví y dónde nos encontramos, porque lo estoy viendo, pero, a pesar de los expertos y de los indicadores económicos, no tengo ni idea hacia dónde vamos. Por si acaso, intento hacer economía de guerra para que la realidad no me coja con el pie cambiado. No necesito que ningún mandatario me recuerde que soy pobre y que no puedo ni debo gastar por encima de mis posibilidades. Tampoco dependo de influencer o youtuber que me digan lo que debo hacer, comprar, ver, decir o pensar.                                    A pesar de los buenos propósitos para administrar mi pobre economía, las presiones hacia el consumo y el derroche son difíciles de salvar. Es un bombardeo constante para crearme necesidades que ni me había planteado.                                                                               Tengo un coche viejo que soluciona mis problemas de desplazamiento, pues resulta que a ciertas administraciones ya les molesta (dicen que contamina) y puede que me obliguen a cambiar de vehículo, cuando para hacer un coche nuevo se dan cientos de pasos que contaminan mucho más que el viejo. Me refiero a la minería y la siderurgia tradicional que hacen falta para la chapa; el petróleo para las ruedas y otros elementos de plástico, sin olvidar los destrozos ecológicos para conseguir los minerales y tierras raras que se utilizan en la fabricación de los microchips que vienen de Asia, por no hablar de las baterías, en el caso de los coches eléctricos.                                                                                                              Hace cincuenta años ayudé a Luisa, mi modista de cabecera en Priesca, a hacer una falda de volantes que este año está de rabiosa actualidad. Esa falda, a pesar del las cinco décadas, aún no pasó a la fase de ropa de diario, y mucho menos, a la de trapo, pero hay que tener mucho valor para no sucumbir a la influencia externa que te incita a cambiar de ropa cada semana, con prendas de usar y tirar, como una colilla. Te enseñan por todas partes fotos de tontitas y princesitas que se cambian de modelo a diario y que tratan de influir (muchas veces lo consiguen) en madres e hijas con poco criterio que agotan existencias a ver si el vestido de marras las convierte en tontitas o princesitas.                                                                  Tampoco ayuda mucho a mantenerse en la economía de guerra el mal ejemplo de despilfarro de gobiernos de toda clase y condición. Hace pocos días vino a mi casa un funcionario de un Ministerio de Madrid para llevarme un impreso que debía cubrir y entregar en una oficina del Principado. Como son demasiados, se reparten el trabajo. Unos entregan el papel y otros lo recogen. Y lo más llamativo de la visita es que el funcionario llevaba el nombre de un Ministerio en la camisa y otro distinto, en el pantalón. En realidad es el mismo Ministerio, pero como sus jefes cambian el nombre casi cada año, a los funcionarios no les da tiempo a gastar las prendas y, con mucho sentido común, las reutilizan. Cambiar el nombre de un ministerio supone cuantiosísimos gastos y una contaminación mucho mayor que la de mi coche. Son miles de sobres, papel de carta, uniformes, señalización en fachadas y carreteras, rótulos en todas las dependencias de la Administración, su parque móvil y mil pamplinas más que hay que modificar.                                                                                                                  Otro detalle que está a la vista de todos es el enorme derroche que supusieron y suponen para las arcas publicas los "plumeros de la pampa", que se plantaron como ornamento en todos los tramos de la Autopista del Cantábrico y cuando estuvieron bien enraizados, las misma autoridades, u otras parecidas, se enteraron de que los plumeros eran plantas invasivas y ahora se están gastando un dineral en arrancarlos. Mucha gente piensa que los plumeros llegaron solos a la autopista, que fueron los coches quiénes repartieron las semillas por los taludes. Pues no, los plumeros los compró el Ministerio de turno y se plantaron con mucha simetría y cuidado, pero como no se hace el mantenimiento adecuado, se propagan como los matorrales, aunque los escayos no les molestan tanto y tenemos Asturias como el gran matorral.                Un ejemplo de derroche que afecta directamente a la Villa es el asunto de los porréos, unas tierras fértiles, ganadas a la Ría a mediados del siglo XIX, vendidas a particulares por la reina Isabel II y dedicadas a la agroganadería durante más de 150 años. Ante la prohibición de reparar los muros de las cárcobas por parte de las autoridades competentes, repartidas entre ministerios y consejerías, las tierras están hoy inundadas por el agua salada, con dos mareas diarias, e inhabilitadas para cultivo. Curiosamente, se salvó un porréu, el de Busto, sobre el que se construyó toda la ampliación del casco urbano de Villaviciosa, en la zona de El Pelambre.                                                                                                                                        Parece que el Ayuntamiento acaba de encargar un estudio sobre el papel de los porréos. Tengo verdadera curiosidad en conocer el veredicto de los sabios. Yo les habría preguntado a los vecinos de Tornón, Sebrayo, Selorio, San Martín del Mar, Carda o Bedriñana que viven y conviven desde tiempo inmemorial con la Ría, su flora y fauna.                                        Quiero terminar con un particular homenaje a los empresarios autónomos, muchos de ellos presentes en éste programa de fiestas, que son un ejemplo de superación y supervivencia. Toda mi admiración para quien es capaz de crear o inventarse su puesto de trabajo como autónomo. Y me quedo sin palabras para calificar a aquellos que, además, emplean a otras personas. Son el alma de la sociedad más cercana; la luz y vida de las ciudades y no podemos darles la espalda hipnotizados por los cantos de sirena que nos llegan de esas empresas monstruosas, sin alma, que nos quieren en casa, como parásitos, esperando la visita de su repartidor de turno.                                                                                                                     La respuesta a la pregunta ¿estamos preparados para ser más pobres? nos la pueden dar los autónomos y empresarios en general, ejemplo de superación, que saben perder para ganar, ahorrar para invertir y hacer economía de guerra en tiempo de vacas flacas.
(Texto publicado en el programa de fiestas de Villaviciosa. Setiembre de 2022)


jueves, 16 de junio de 2022

¿Estamos preparados para el gran apagón?

Isolina Cueli
Muchas gracias a la Asociación de Vecinos La Capilla de Poreñu por invitarme a participar en estas Octavas jornadas culturales 2022 y, por supuesto, muchas gracias a todos ustedes por asistir. Me van a permitir que recuerde, a título póstumo, a Mersi Martínez, compañera de Colegio hace más de cincuenta años.

El encabezamiento de ésta intervención pregunta si ¿estamos preparados para el gran apagón?
Lo primero que habría que plantear es: ¿qué es el gran apagón? Un interrogante que suena apocalíptico y a fin del mundo. Si se produjese ese apagón, no sería el fin del mundo, no se apagaría el sol, pero sí se podrían apagar esas otras lucecitas a las que estamos tan acostumbrados y que nos mantienen deslumbrados. En el trasfondo de ese gran apagón, de esa oscuridad, estaría nuestro modo de vida actual, tanto en los pueblos como en las ciudades, ya que todos somos demasiado urbanitas, por mucho que vivamos en el medio rural. Y es ahí donde hace hincapié la pregunta de si estamos preparados para vivir sin esas comodidades y esos lujos a los que nos hemos acostumbrado. 
Y entiéndase por lujo, comer todos los días (podría pasar, de hecho pasa, que falten alimentos básicos para la población. El Primer Ministro italiano, Mario Draghi dijo hace poco que se acerca una crisis alimentaria de proporciones gigantescas. Parece anecdótico, pero en Estados Unidos no hay leche infantil en las tiendas o farmacias, leche de fórmula, como se conoce allí. Aquí, en España, todos recordamos el desabastecimiento en los primeros meses de la pandemia, o más cerca, con el paro de los transportistas); también es lujo tener un techo para vivir y energía para cocinar y calentarse, para alumbrado público o privado (Se sabe que si seguimos consumiendo desmesuradamente energías fósiles como carbón, petróleo y gas vamos a acabar muy mal, ya que influimos directamente en el cambio climático. Mejor dicho, vamos a acabar con la vida en la Tierra. Y acabar con la vida en la Tierra nos afecta directamente. Acabaremos con nosotros mismos. Lo dijo estos días el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado: "El planeta no está en peligro, es el ser humano el que está en riesgo de desaparecer". De ahí que, entre otras cosas, tendríamos que bajar ese ritmo de consumo energético). Siguiendo con los lujos, entiéndase por lujo tener agua corriente y, además, potable. El agua es un bien escaso. Cada vez está más contaminada por el nitrato de los fertilizantes; por el veneno de los herbicidas o las partículas perfluoroalquiladas, PFAS, por sus siglas en inglés, partículas calificadas de indestructibles o contaminantes persistentes y de las que es imposible escapar. Se inventaron en 1938 y el primer uso fue como agente antiadherente en el teflón. Desde entonces están en todas partes, incluida el agua dulce y salada. En temas marinos ya se habla de una nueva partícula que es el plastiplancton. También es lujo tener un trabajo remunerado o disponer de tiempo libre para perderlo de manera ociosa; y es súper lujo tener acceso a la Sanidad y Educación universal o disponer de pensiones de jubilación.
Todos nos podríamos hacer la pregunta de si ¿estamos preparados para prescindir de alguno de esos lujos; si podríamos vivir sin ellos?
Yo, que no soy ni adivina, ni científica, ni divulgadora, ni política, podría aventurarme a decir que quiénes somos de pueblo y tenemos un poco más de callo en las manos, aunque mucho menos que nuestros antepasados, podríamos sobrevivir a la falta de alimentos del exterior, como sobrevivieron ellos, con una economía de subsistencia, aplicando el autoconsumo y el trueque. La luz la podríamos apañar con candil; el fuego, con cocina de leña, o si vamos más atrás, con trévedes; y el agua, yendo con un caldero a la fuente. Más duro sería no tener un ambulatorio a mano y un hospital o una escuela cerca. El ocio lo podíamos solucionar yendo a limpiar cunetas en la sexta-feria, o sea el sábado.
Imagino que nadie de ustedes se quisiera ver en ninguno de estos escenarios que nos llevan al pasado y de los que, la mayoría, huimos en cuanto se nos presentó la ocasión.
Pues ese tiempo pasado podría volver, y no lo digo yo, lo dicen los que saben. De ahí la pregunta, ¿estamos preparados para afrontar la catástrofe?
Siempre me presento como una agricultora venida a periodista. Como agricultora no tengo argumentos para vaticinar el futuro, más o menos lejano, más o menos incierto, pero como periodista sí tengo las herramientas y la formación necesarias para conseguir los datos y las opiniones de expertos en la materia que nos ocupa.
Todos ustedes recordarán el llamamiento del Gobierno de Austria en el otoño pasado, hace menos de un año, advirtiendo a sus ciudadanos de que estuviesen preparados para un posible apagón. Les recomendaba tener comida y medios de subsistencia para 72 horas, o sea tres días. Creo que el gobierno austríaco se quedaba corto, porque si se diese un gran apagón, imagino que será de más larga duración. Al margen del tiempo que dure, es muy significativo que el Gobierno de un país rico diese ese paso de concienciación masiva. Esta alarma que pulsó Austria se produjo antes de la invasión de Rusia a Ucrania. Y cual no sería mi sorpresa que, el miércoles, cuando estaba preparando esta intervención, me encuentro con la noticia de que Alemania, a través de su Ministerio del Interior, también acababa de hacer el mismo llamamiento a sus conciudadanos para que se preparen ante un presunto desabastecimiento, en caso de un posible gran apagón. Alemania recomienda tener víveres y medios de subsistencia para diez días. También me parecen pocos, pero creo que es una manera de concienciar a la gente. Ahora el peligro está más cerca, porque tenemos la guerra a las puertas de casa y las consecuencias de la guerra ya nos tocan de lleno. Alemania también recomienda potenciar las redes vecinales. En Poreñu el consejo está de más, porque creo que sois ejemplo de un buena red vecinal, aunque imagino que siempre se puede hacer más.
En el fondo, la iniciativa de Austria y Alemania es un llamamiento a todos los países del mundo para ser más precavidos, aunque el resto de gobiernos, incluido el nuestro, no se atrevan a abordar el problema de frente y decirnos a todos que somos pobres y que podemos serlo más. Que tenemos que hacer economía y eso empieza por consumir todos -gobiernos y ciudadanos- con conciencia y con responsabilidad. Curiosamente, en España vamos en la dirección contraria del consumo responsable. Un ejemplo son las subvenciones a la gasolina por la subida del petróleo. Tenemos la suerte de que Papá Estado, en vez de decirnos que no podemos ir de vacaciones, porque la gasolina está muy cara, lo que hace es darnos una propina de 20 céntimos en litro para tenernos contentos y que nos echemos a las carreteras, sin pensar en apagones, ni en estrecheces. Es el mundo feliz que escribió Aldous Huxley en 1932 y en el que estamos inmersos sin enterarnos. Y eso es un mérito de éste y de todos los gobiernos, desde el de Estados Unidos, a Putin y, por supuesto, al súper gobierno que es la cumbre de Davos, a la que asisten los que verdaderamente mueven los hilos de las marionetas que somos todos nosotros, incluidos los políticos. Parece que se preocupan de nosotros, pero lo que hacen es tomarnos las medidas para machacarnos un poco más. Ya lo dijo Celine, el escritor francés que vivió dos guerras mundiales: "Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre sudorosos; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros, es porque van a convertiros en carne de cañón".
¿Qué hicieron en el encuentro de Davos de este año?, pues hasta donde nos contaron, en el caso de España, comprar o vender España -según se mire- para colocar paneles en los terrenos más soleados y molinos en los montes más ventosos. Se trata de que sigamos gastando a lo bestia, ahora con energía solar y, claro, por eso nos van a obligar a comprar coche eléctrico. Sí, sí, van a conseguir que la España vaciada se llene, pero en vez de agricultura y agricultores, habrá huertos de placas metálicas que, en pocos años, se convertirán en chatarra. 
Leo un titular del diario El País que asusta sólo con verlo, dice así: "Los colosos energéticos europeos riegan España con miles de millones en su apuesta por las renovables".
Ya es bien curioso que un Gobierno que se le llena la boca criticando a las eléctricas para quedar bien con sus parroquianos, ahora les vaya a dar carta blanca no sólo a las eléctricas nacionales, sino a las de toda Europa, donde escasea el sol, para que se hagan con la España vacía.
Pablo Servigne y Raphaël Stevens son dos divulgadores franceses, autores del libro Colapsología, que predican urbi et orbe todos los problemas en los que estamos inmersos y apuntan algunas soluciones para superarlos, pero son medidas muy impopulares. Dicen que , "al igual que los toxicómanos, los demás mortales también tendríamos que abandonar drogas como el petróleo, el PIB y la riqueza" y añaden que "en nuestra sociedad muy pocos sabrían sobrevivir sin supermercados, tarjetas de crédito o gasolineras".
Como decía antes, nosotros, los que somos de pueblo, es posible que pudiéramos vivir así, por supuesto con esfuerzo y sacrificio, dos formas de entender la vida muy criticadas en esta época del, aquí me las den todas, en la que prima conseguir las cosas sin esfuerzo y sin sacrificio. Pues si nos ponemos en modo antepasados es posible que nos adaptáramos a esa otra forma de vida, más lenta y más real, aunque mucha gente lo pasaría francamente mal en ese modo lento, slowly, como dirían los ingleses. 
El gran apagón no tendría que verse como una tragedia, sino como una forma de vivir más tranquila, más relajada y más autónoma, como vivían en Poreñu hace cien años, o, si quieren, sesenta. Cuando se iba a la Villa una vez a la semana, como mucho. Cuando se estrenaba ropa una vez al año, casi siempre hecha en casa, y cuando se cocinaba con leña y se comía lo que se producía y aquello que se conservaba y guardaba para el año. Esas reservas eran la carne del cerdo, en sal o curada; chorizos y morcilla embutidas y curadas; fabes, de todos los colores; maíz, trigo o escanda, para el pan y la harina; salsa de tomate, la miel; manzanas, nueces, castañas, avellanas, todo eso que hoy se pierde en los árboles, o que está invadido por los matorrales. Por supuesto, sidra, para dos años.
Bueno, pues según los que saben, ahí tendríamos que volver para que este hogar llamado Tierra, que nos da de comer y de beber, soporte nuestra presión. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato, cuando los gobiernos sólo saben hablar del Producto Interior Bruto, el famoso PIB, y sólo piensan en gastar y en animarnos a gastar y a consumir como termitas?
Consiguieron hacernos consumidores insatisfechos, hasta el punto que ahora ya no se habla de moda de temporada, sino de moda de la semana. Es escandaloso, pero ahí están muchos jóvenes y no tan jóvenes, comprando y tirando sin pararse a pensar en lo que hacen. Siempre que puedo cito una frase del libro El Fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, un autor americano que cuenta cómo unos ejecutivos se plantean el objetivo de conseguir que "los lujos de los ricos se conviertan en necesidades de las clases más pobres", y estarán conmigo que lo han conseguido desde el momento que los pobres ya podemos hacer cruceros, tener vacaciones en las antípodas; coches de alta gama; comer en restaurantes de lujo; comprar televisiones que casi no nos caben en casa y hacernos la cirugía estética, aunque nos destrocen.
Es curiosa la recomendación de Warren Buffett, el dueño de Wall Mart, la cadena de supermercados americana. Nos dice que antes de comprar algo nos hagamos la siguiente pregunta: ¿qué me pasaría si no lo compro? Si la respuesta es que no me pasaría nada, el consejo es que no lo compres, porque no lo necesitas.
Pues con esta máxima tendríamos que hacer todas las compras de nuestra vida. ¡Queremos ganar más para comprar más cosas que no necesitamos! Es un desatino, como desatino y vergüenza es que los ricos se gasten cientos de euros en un pantalón roto. Estamos metidos en esta dinámica, pero también se puede salir de ella. Todos podemos aportar nuestro grano de arena, por cierto, la arena también es un bien escaso, cada vez hay menos y esa despensa tarda millones de años en reponerse.
Es recurrente la metáfora del gorrión que, encima de un gran incendio, suelta un gota de agua que lleva en el pico. Y a la pregunta de si cree que sirve para algo, contesta: "yo hago mi parte".
Pues todos nosotros, hombres, mujeres, más jóvenes o más viejos, todos podemos hacer nuestra parte y aportar el valor añadido del sentido común que tanta falta hace.
Como periodista, tengo que hacer autocrítica del gremio y lamentar el tipo de periodismo que se hace en muchos casos y en muchos medios, un periodismo que se queda en la anécdota, sin espíritu crítico.
Supongo que, al igual que yo, muchos de ustedes se preguntarán, a dónde vamos a parar. Pues creo que vamos a parar a un precipicio, pero no es un acantilado brusco por el que nos despeñamos, no. Vamos cayendo poco a poco, sin enterarnos. Un ejemplo muy gráfico es el de la rana que metes en agua hirviendo y sale de allí de un salto. Pero si a esa misma rana la metes en agua fría y le vas calentando el agua poco a poco, acaba cocida y ni se entera. Pues nosotros estamos en ese cocimiento a fuego lento y para distraernos del precipicio nos dan migajas -entiéndase subvenciones, ayudas, limosnas- que cogemos alegremente sin mirar de dónde salen.
El Foro Económico Mundial propuso en el año 2020 un plan de choque al que llama el Gran Reinicio, o gran reseteo. Nos viene a decir que tenemos que repensarlo todo y replantearnos todo antes del año 2030, ¡que ya está ahí!. Que tenemos que aprender a vivir con menos, a ser más autosuficientes.
En la misma línea, Joaquín Chellnhuber, alemán nacido en 1950 y autoridad mundial en cambio climático dice que "si seguimos por la vía actual, existe un muy alto riesgo de que, sencillamente, pongamos fin a nuestra civilización. La especie humana sobrevivirá de un modo u otro, pero drestruiremos casi todo lo que hemos construido a lo largo de los dos últimos milenios".
En Poreñu, o en Priesca, no nos damos por aludidos cuando se habla de contaminación o especulación, porque contaminamos y especulamos más bien poco, y también sabríamos vivir con menos, pero hay mucha gente que no tiene ni los medios ni la aptitud para cambiar el ritmo de vida, ni para salir del bucle en el que está metida. Aunque, en mi pueblo decimos que discurre más un necesitado que un abogado y, es posible que si el hambre apremia, la gente agudice el ingenio y salga adelante con la máxima: menos es más.
Dice Miguel Delibes, hijo, que "le hemos saltado las costuras a la Tierra y que la senda a seguir es la del buen vivir, pero sin un consumo excesivo". Es la receta perfecta, pero muy difícil de cocinar.
El gran apagón también puede ser ese virus informático que nos deje a todos indefensos y a la deriva. Si tenemos en cuenta nuestra dependencia de los microchips, es fácil imaginar cómo quedaríamos.
En una situación así, de apagón, creo que saldrán mejor parados quienes tengan los pies en la tierra y las manos en la azada, en vez del móvil, y en Poreñu, de momento, hay azadas y fesorias.
Tendrían que recordarnos todos los días que los recursos de éste hogar llamado Tierra son finitos. Hasta ahora tiramos del petróleo, el gas y el carbón, energías fósiles que perjudican la capa de ozono, y tratamos de sustituirlas por energías renovables, como la solar y la eólica. En este momento, muchos se están peleando por los terrenos para huertos solares y molinos de viento. Es una plaga que no hizo más que empezar. Ahora vamos a hacer huertos con plantones de placas solares y repoblar montes con postes metálicos para molinos de viento. ¡No tengo ni idea qué vamos a comer!
Con la guerra, me enteré que nuestro granero, y el de medio mundo, era Ucrania y esa reserva se acaba de estropear para unos años.
Los antiguos estoicos, en la civilización griega, resumieron su filosofía de vida en una frase que consistía en: "Vivir de acuerdo con la naturaleza". Eso suponía ir al paso de la naturaleza. Hoy, hasta la Filosofía está mal vista y lo de pensar está pasado de moda. Nos quieren zombis, no les interesa que tengamos criterio ni espíritu crítico. Pero creo que aún hay esperanza mientras se encuentren grupos con iniciativa, como es el caso de los vecinos de Poreñu. Gente con los pies en la tierra y la vista en el horizonte, que sabe mirar a su alrededor, contemplar la naturaleza en su día a día para sacar lecciones de vida.
En nuestra cultura, y nuestra religión, partimos de una premisa muy egoísta, que es colocar al ser humano en la cúspide de las criaturas de la Tierra, en considerarnos lo más, cuando, en realidad, aún nos faltan millones de años por evolucionar. Sólo tenemos que mirar a un ternero, que a los cinco minutos de nacer es autónomo para caminar y comer. O un planta, que es autónoma y autosuficiente. Muy distinta es la concepción del humano en los saberes indígenas de algunas tribus de América, según nos cuenta Robin Wall en su libro Una trenza de hierba sagrada. Para ellos el ser humano es "el hermano pequeño de la Creación", la criatura que menos experiencia tiene de la vida y la que más tiene que aprender del resto de las especies, que llevan aquí mucho más tiempo que nosotros.
Sí, podemos decir que nosotros somos más listos, que tenemos inteligencia, pero yo creo que no hay nada más listo que un cuervo o un mirlo de los que andan por ahí robando cerezas y nada más inteligente que una araña que echa su red y espera que llegue la comida.
Esta intervención la había apalabrado con los responsables de la Asociación Capilla de Poreñu a principios del año 2020. La peste que nos vino impidió este encuentro en dos años. En aquel entonces estaba muy reciente una intervención mía en la que hablaba sobre el medio rural. Habíamos pensado que podría ser interesante pasar el video de diez minutos en este acto. Quien tenga interés puede verlo en internet con mi nombre y la apostilla: el campo en diez minutos. Así que, para no aburrirles más, les puedo resumir los diez minutos en cinco palabras: "que lo dejen en paz".
Lo dije bien alto, ante un auditorio de gente que tiene los medios para dejar al campo en paz, que dejen de legislar para el campo, que dejen de poner trabas, que dejen de dictar reglas, que lo dejen ir a su paso, al paso de la naturaleza, pero no, no son capaces, se aburren mucho en sus despachos con aire acondicionado y entonces lo que hacen es aburrir a la gente y echarla del campo.
Ayer leía el contenido de un encuentro en Oviedo de doctos eruditos del campo y llegaron a la conclusión que la manzana y la sidra tenían que ser el motor del campo. Pues la sidra, en la Villa ya era el motor hace cien años. En los libros de ventas de mis antepasados de la tienda Les Cachuches, en 1924, o sea hace un siglo, se exportaba sidra a Buenos Aires, Río de Janeiro, Caracas, Montevideo y La Habana, por valor de cientos de miles de pesetas.
La burocracia está reñida con todo, pero con el medio rural ¡más!
Y antes de terminar, quiero recordar a todos los hombres y mujeres del campo que nos precedieron, nuestros antepasados. Nosotros también seremos antepasados y tenemos que plantearnos cada día qué legado les dejamos a los que vienen detrás y actuar en consecuencia.
También quiero traer a esta mesa el trabajo abnegado y silencioso de las mujeres del campo, que casi tenían el don de la ubicuidad, sin menospreciar el de los hombres, muy duro y también a jornada completa. Pero aquellas mujeres eran polifacéticas estaban en todos partes, en la casa y en la cuadra; en la huerta y en la finca; haciendo comida y lavando; cosiendo; criando hijos y cuidando viejos. Afortunadamente, también se sabían divertir.
Thomas Jefferson, el tercer presidente de los Estados Unidos, que gobernó hace 200 años, publicó un decálogo de vida que, a modo de conclusión, me gustaría recordar aquí y que dice así:
1-Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
2-Nunca molestes a otro por lo que puedas hacer tú mismo.
3-Nunca gastes tu dinero antes de tenerlo.
4-Nunca compres lo que no quieres, sólo porque es barato; nunca será lo que querías.
5-El orgullo nos cuesta más que el hambre, la sed y el frío.
6-Nunca te arrepientas de haber comido muy poco.
7-Nada es problemático si lo hacemos voluntariamente.
8-Toma siempre las cosas por el lado bueno.
9-Cuando estés enfadado cuenta hasta diez antes de hablar; si estás muy enojado, cuenta hasta cien.
10-No sufras por males que todavía no han sucedido.
Parafraseando el apartado número diez de Thomas Jefferson, no vamos a sufrir por males que no han sucedido, como es el gran apagón, pero sí podemos hacer muchas cosas para evitar que suceda, o para estar preparados y hacerle frente. Pues ya lo dice el refrán: ¡Para con Dios hay que tener por el  carro!     Muchas gracias y buen Camino a todos y todas


sábado, 8 de agosto de 2020

Casaldáliga, el misionero español que intentó ser libre en Brasil

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Isolina Cueli
En noviembre de 2019 visité en Sao Félix de Araguaia (Brasil) al misionero claretiano español Pedro Casaldáliga (Barcelona, 1928). Toda una institución en América y uno de los impulsores de la Teología de la Liberación en el continente. Llegué a Casaldáliga de la mano del misionero y pintor Mino Cerezo Barredo, asturiano y su compañero de fatigas en la Prelazía de Sao Félix, en la que intentaron dar voz a los sin voz y tierra a los desterrados.
Acabo de enterarme que Casaldáliga falleció en su tierra de acogida y me gusta compartir el recuerdo y las fotos que me hizo Leonor Suárez, periodista de la TPA con quien viajé para seguir los pasos de Mino Cerezo a través de sus murales pintados en las iglesias parroquiales pertenecientes a la Prelatura de Casaldáliga.
Pedro Casaldáliga estuvo atendido hasta su muerte por la comunidad de Agustinos que permanece en Sao Félix, compuesta por José Saraiva -en la foto superior, a la derecha- Félix Valenzuela e Ivo Cardozo, excelentes anfitriones con las periodistas asturianas.

 Imagino que Leonor y yo habremos sido de las últimas periodistas en visitar a Pedro, como le llama Mino Cerezo. Allí vimos una parte de su obra en Brasil, tanto la puramente laica, como es la Asociación de Educación y Asistencia Social, como la religiosa, con iglesias y ermitas repartidas por los poblados más remotos como Santa Teresiña o Luciara, aguas arriba del río Araguaia.
Hace poco me regalaron varios libros sobre la vida y obra de Casaldáliga, que es intensa y extensa. Están escritos por Benjamín Forcano, que lo describe como poeta, místico y profeta. Me voy a quedar con este poema:
Yo me atengo a lo dicho: 
La Justicia, /a pesar de la ley y la costumbre, / a pesar del dinero y la limosna.
La humildad, /para ser yo verdadero.
La libertad, /para ser hombre.
Y la pobreza /para ser libre.
La fe, cristiana, /para andar de noche, /y, sobre todo, para andar de día. /Y, en todo caso, hermanos,/    yo me atengo a lo dicho: /¡La Esperanza!

                                                                   

miércoles, 1 de abril de 2020

¡Adiós a Ramonín el cachuchu!


Isolina Cueli
Me asombra que aún haya gente que eche de menos mi presencia en las rede sociales, o en El Fielato. Cuando me preguntan el motivo de mi ausencia, siempre respondo que ya está todo escrito y dicho, que lo único que nos falta es HACER. Pero estos días me di cuenta de que aún me quedaba algo por escribir y era ésta despedida a Ramonín el cachuchu, mi padre, fallecido hace hoy una semana en la residencia de Amandi.
Se fue un miércoles, día de mercáu en la Villa, una cita semanal a la que no solía faltar. Y se fue en plena crisis del virus, que aunque no tuvo que ver con su muerte, sí impidió el funeral multitudinario que le habría gustado, no en vano él asistía a todos los entierros de los alrededores y más allá. Yo, sin embargo, procuro eludir las bodas, los bautizos, las primeras comuniones, y más, los entierros, con lo cual, para mí, la intimidad que vivimos en su despedida, fue un regalo. Ni mi mi hermana Conchita ni yo pudimos acompañarle en su última semana de vida por las restricciones sanitarias del momento, pero sí estuvo arropado por el equipo de trabajo de Amandi (en su mayoría mujeres), a las que siempre admiré, y a las que aplaudo hoy por su estoicismo.
No me gusta el culto a los muertos, procuro poner las flores en vida, pero a mi padre le debo estas líneas de agradecimiento. Secundó mi propuesta de estudiar el bachiller y gracias a eso pude llegar a la Universidad, pero la principal enseñanza, la universidad de la vida, como la llama mi amigo el cura Ernesto Bustio, ésa me la enseñaron mis padres desde mi más tierna infancia en Priesca. De ellos aprendí el amor al trabajo y también me inculcaron el tesón para hacer frente a las contrariedades y a los momentos de desaliento. A los nueve años, cuando me fui a estudiar, ya sabía cocinar; barrer; lavar a mano; planchar; limpiar; coser; cavar; sembrar; sallar; segar; ordeñar; cortar leña y recolectar manzanes, fabes, castañes, maíz o patates. Era una economía autosuficiente, casi de trueque, y para sobrevivir había que saber un poco de muchas cosas.
Reconozco que fui una niña trabajadora, y me enorgullezco de ello, pero no puedo olvidar que en esos años también me enseñaron a jugar. Aún saboreo aquellos juegos al escondite, la comba, el cascayu con las niñas de La Vega de Priesca y con mi madre, que se divertía tanto como nosotras. Era ella la que nos llevaba a la playa cuando se acababa la faena de la hierba; al cine algún fin de semana y la que nos acompañaba los domingos a la carretera, a ver pasar coches. ¡Sí, a mediados de los sesenta ver pasar coches era una diversión!
                                        Foto. J. Arrojo
Estos días hablé con gente que recuerda la alegría innata de mi padre, también de mi madre. Sé que tenía cercanía con sus vecinos y parientes; que contaba con mucha gente conocida, pero como amigos identifico a cinco, todos de Selorio: don José, el párroco que organizaba las excursiones con las que recorrieron toda España, con incursiones en Francia y Portugal; Mary Flor y Daniel, de Lerón, con los que congeniaron de maravilla a pesar de la diferencia de edad; y David y Otilia, con los que salían a cenar muchos fines de semana.
Papi, sé que te contradije en varias decisiones claves de mi vida: a los diecisiete años cuando fui a trabajar los fines de semana a un restaurante de Quintes;  a los diecinueve, cuando aproveché un año de transición para ir a cuidar niños a Nantes (Francia), quería aprender el francés que no me enseñaron las monjas en siete años de bachiller; y a los veinte, cuando me fui a Madrid a estudiar Periodismo. Pero también sé que con el tiempo me diste el visto bueno a cada una de ellas.
Y hay dos cosas que, afortunadamente, no te copié: tu gusto por el tabaco y la sidra, aunque ahora mismo me gustaría brindar contigo, allá donde estés, con un culín y decirte que ¡te quiero! 


martes, 17 de diciembre de 2019

Una aldeana por el mundo

Isolina Cueli
Con este título tan llamativo, Una aldeana por el mundo, participé el pasado fin de semana en la I Jornada de Igualdad del Parque Natural de Redes, organizada por los ayuntamientos de Caso y Sobrescobio e impulsada por sus concejalas de Servicios Sociales e Igualdad, Pilar Ruiz y Berta Suárez respectivamente.
Me precedió en el uso de la palabra Emma González, profesora de la Universidad de Oviedo, quien nos contó que "los chicos también lloran" y que la sociedad patriarcal en la que vivimos es muy exigente con el sexo masculino.
Centro de Interpretación Parque de Redes (Caso).
Para quitar hierro al tema de la igualdad, el maltrato a las mujeres y la ansiedad que supone en la sociedad actual ser hombre y no morirse en el intento, a los vecinos y vecinas de Casu y Sobrescobio que tuvieron la amabilidad de asistir les conté mi vida por el mundo, al más puro estilo Paco Martínez Soria. Con un poco de humor traté de recordar lo duro que fue, en el Oviedo de la tontería, ser una niña paleta, un apelativo más denigrante que el de aldeana. Afortunadamente, las tontas se bajaron de la parra, o las bajó la cruda realidad, mientras, yo puedo alardear de mis orígenes aldeanos y campesinos. Criarse en el medio rural es una Universidad de la Vida y para la vida, que tiene múltiples aplicaciones. La pena es que los niños de ahora ya son casi todos urbanitas. Pocos saben andar por el barro.
Aproveché para sugerir a las concejalas que le pidan a la Real Academia Española que revise la definición de la palabra aldeano. En la acepción figurativa se refiere a persona inculta y rústica. Y aldeanismo lo describe como "estrechez y tosquedad de espíritu o de costumbres, propia de una sociedad reducida y aislada".
Por mi parte, aproveché para recordar la definición de Aldea Global desarrollada por el filósofo canadiense Marshall Mcluhan (1911-1980), que ya en los años setenta consideraba a la Tierra como un pueblo grande, sólo por el hecho de tener muy desarrollados los medios de comunicación tradicionales. Cincuenta años después, con las redes sociales y todas las nuevas tecnologías, ya no somos aldea, la Tierra es un patio de vecindad, y pequeño. Este concepto lo nombró nuestro filósofo Juan Cueto (1942-2019) con la palabra: glocal, que aglutina lo global y lo local.
Y yo, que soy de Priesca, no tengo nada más que añadir, salvo decirle a la RAE que no sea corta de miras ni inculta y dignifique la definición de aldeano-aldeana y, por supuesto, la de aldeanismo.
Los de pueblo sabemos que no hay nada más aldeano, en el sentido de inculto, que un urbanita caminando por una caleya.